El sistema que logra «residuos cero»

Investigadores de la Universidad de Valladolid y de la Universidad de Burgos han demostrado que la agricultura y la agroindustria pueden contribuir a mitigar el cambio climático gestionando sus propios residuos. Y lo han hecho cerrando el círculo, desarrollando un novedoso proyecto que se basa en el aprovechamiento de los nutrientes que hay en los residuos para elaborar un ‘biomejorador’ a base de algas autóctonas con el que fertilizar los suelos agrícolas y a la vez fijar carbono.

Un modelo de «residuos cero» totalmente autosuficiente, que comenzó a gestarse en 2012 y consiguió el apoyo de la Comisión Europea, dentro del programa LIFE, y de los socios necesarios: las universidades de Valladolid y Burgos, la DO Vinos de Uclés, la empresa de Ingeniería Kepler y la industria Quesos de Sasamón, ambas de Burgos. Entre todos sumaron 1,2 millones de euros a este proyecto bautizado como Integral Carbon, que echó a andar en junio de 2014 y concluye ahora con unos resultados «muy positivos», tal y como afirma el ingeniero Agrónomo Jorge Miñón, responsable de la parte técnica del proyecto.

Como explica el investigador, lo primero fue desarrollar un sistema de cultivo de algas autóctonas, –las que habitualmente se encuentran en ríos, arroyos y suelos–, aprovechando los residuos y las emisiones que se generan en los procesos industriales, en este caso el raspón de la uva y el suero del queso.

Para ello se construyó un prototipo formado por dos módulos, uno para producir algas y otro para producir energía a través de un proceso de digestión anaerobia. De esta parte se encargó Kepler, que diseñó un modulo móvil y fácilmente transportable que convierte los residuos orgánicos en un biogás que se quema para producir energía. Por su parte los investigadores diseñaron y construyeron el módulo de fabricación de algas, y lo dotaron de placas fotovoltaicas para que fuera «completamente autónomo a nivel energético» y con control remoto.

El sistema que logra «residuos cero» - DO Uclés

Una vez desarrollada la tecnología, probaron el prototipo de la mano de la DO Vinos de Uclés, utilizando el residuo de la vendimia, el raspón de la uva, que se almacenó en silos y cuando estaba suficientemente degradado se mezcló con estiércol ganadero para usarlo en la producción de biogás. Los residuos líquidos que se generaron durante el proceso de producción de biogás, que tienen muchos nutrientes y un alto contenido en nitrógeno y fósforo, se emplearon después en el cultivo de las algas con las que al final se elaboró un fertilizante para el campo, un ‘biomejorador’ rico en nutrientes, nitrógeno y fósforo, que se utilizó para regar los viñedos.

Un proceso con muchas ventajas, ya que el digestor solo usa el 15% de la energía producida con el biogás, de forma que el resto se puede usar en los procesos productivos de la industria, con lo que eso supone de ahorro energético a la empresa. También durante la transformación del biogás en energía, las algas fijan los gases que se generan, con lo que se reducen las emisiones de gases de efecto invernadero. Y además «se alimentan» con el CO2 que produce el propio sistema y crecen.

Los campos de ensayo regados con ese ‘biomejorador’ se monitorizaron antes y después, para ver los efectos de las algas en el suelo y en el rendimiento del viñedo. «Podemos decir que ha habido un aumento importante de la biodiversidad del suelo», asegura el investigador. Además las algas tienen la capacidad de estimular la actividad microbiológica del suelo, mejorando su fertilidad. «Si tenemos un suelo más rico, los cultivos serán más resistentes a enfermedades, y serán capaces de obtener más nutrientes y retener más agua», señala.

Pero además se logran importantes beneficios medioambientales, ya que además de reducirse las emisiones de CO2 a la atmosfera durante el proceso de gestión de los residuos, las algas obtenidas tienen la capacidad de fijar carbono al suelo. Y se cumple con el principal objetivo del proyecto: el suelo como sumidero de carbono para que sea más fértil y contribuya a la mitigación del cambio climático. Porque como explica Almudena Gómez, responsable de la parte socioeconómica del proyecto, «no se trataba solo de disminuir las emisiones de CO2, sino también de mejorar la capacidad del suelo para retenerlo».

Tras la exitosa experiencia en las bodegas de Uclés, se están haciendo los mismos ensayos en una quesería de Burgos, usando el suero que sobra de la elaboración del queso mezclado con estiércol ganadero para producir biogás. Dos residuos que, según los investigadores, han resultado «perfectos» para producir biogás, porque son muy energéticos y tienen un rendimiento mucho más alto que el del viñedo. Con el ‘biomejorante’ obtenido se han fertilizado cultivos de cereal y forrajes con los que luego se alimentará al ganado que produce la leche para fabricar queso, y de nuevo se cerrará el ciclo.

Una vez demostrada la viabilidad técnica de este proyecto y sus beneficios medioambientales, se ha demostrado también su viabilidad económica. Es tan simple como que este proceso permite transformar los residuos agroindustriales en un fertilizante, de forma que la empresa consigue un ahorro en energía y en gestión de residuos y el agricultor en los fertilizantes que se llevan el 30% de sus costes de producción. Un ahorro con el que se puede financiar la inversión y la gestión del prototipo. De hecho Jorge Miñón ha comprobado que «es más rentable para el agricultor invertir las ayudas de la PAC en este prototipo que recibirlas sin más». Y además se pasa de un concepto de «agricultura de sofá» a una agricultura que invierte la ayuda que recibe en una instalación para producir de fertilizantes y a la vez en medidas ambientales, ya que contribuye a la mitigación del cambio climático.